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Datos · Multideporte

Qué mide realmente una estadística avanzada

Un indicador nunca describe el juego. Describe una definición del juego, elegida por alguien, para responder a una pregunta concreta. Entender esa definición es la diferencia entre usar un dato y ser usado por él.

Marta Requena Lectura de 12 minutos

Antes de discutir si una métrica es buena conviene aceptar una idea incómoda: no existen datos crudos en el deporte. Alguien decidió qué es un pase y qué es un despeje, dónde termina una posesión y dónde empieza la siguiente, qué cuenta como duelo ganado. Esas decisiones no se toman en el campo, se toman en un manual de recogida de datos, y cambian de un proveedor a otro. Dos hojas de estadísticas del mismo encuentro pueden discrepar sin que ninguna de las dos esté equivocada.

De ahí se deriva la primera regla práctica: antes de interpretar un número, hay que saber quién lo definió y con qué criterio. Un indicador sin su definición es un rumor con decimales.

Tres preguntas antes de creerse un dato

¿Qué unidad está contando?

Muchas discusiones se resuelven en cuanto se aclara la unidad. Un total acumulado responde a una pregunta distinta que una tasa. Contar acciones por partido favorece a quien juega muchos minutos; contar acciones por unidad de tiempo iguala a titulares y suplentes pero ignora que jugar los minutos finales de un encuentro apretado no es lo mismo que jugar los primeros. En baloncesto, el problema se resolvió hace décadas normalizando por posesión en lugar de por partido, porque un equipo de ritmo alto y otro de ritmo bajo no viven el mismo partido aunque el reloj marque igual.

En hockey sobre hielo el ajuste equivalente es aún más exigente, porque las alineaciones cambian cada pocas decenas de segundos: cualquier indicador individual se contamina con la calidad de los compañeros y de los rivales que estaban en la pista en ese momento. Por eso las métricas serias de ese deporte se calculan sobre tramos de igualdad numérica y se acompañan siempre del contexto de emparejamiento.

¿Qué queda fuera de la cuenta?

Cada indicador tiene un margen ciego, y ese margen suele ser lo más interesante del juego. Los datos de eventos registran acciones sobre el balón: pases, tiros, recuperaciones. Pero un central que coloca a su línea tres metros más adelante no genera ningún evento, y sin embargo puede ser el jugador más determinante de la primera parte. Los sistemas de seguimiento posicional cubren parte de ese hueco al registrar la posición de cada jugador de forma continua, pero introducen su propio sesgo: describen dónde está la gente, no por qué ha decidido estar ahí.

Lo que una métrica no cuenta no desaparece del partido: desaparece del análisis.

Criterio editorial de ChampLens

¿Cuánta muestra hay detrás?

Un indicador construido sobre acontecimientos escasos necesita mucho tiempo para estabilizarse. Los goles son escasos por definición, y por eso cualquier lectura basada en unos pocos encuentros describe la variabilidad antes que la calidad. Los indicadores que se apoyan en acciones frecuentes —pases, entradas en zona, posesiones— se vuelven informativos mucho antes. La regla es intuitiva: cuanto más raro es lo que se cuenta, más partidos hacen falta para que el promedio signifique algo.

Trampolín claro sobre el agua de una piscina con reflejos y ondulaciones en la superficie
Medir en el agua obliga a definirlo casi por completo: qué es una posesión, cuándo empieza y en qué instante termina.

Un ejemplo por deporte

Fútbol: el valor esperado de un lanzamiento

La familia de indicadores más difundida asigna a cada disparo un valor a partir de las características observables de la acción: distancia, ángulo, parte del cuerpo, tipo de asistencia previa. Ese valor se calcula con una base histórica de lanzamientos comparables, de modo que el número no anticipa nada sobre un partido futuro: resume lo que ocurrió, en promedio, en situaciones parecidas del pasado.

El malentendido habitual consiste en tratar ese valor como un juicio sobre el resultado. No lo es. Sirve para comparar el tipo de ocasiones que un equipo genera y concede a lo largo de una temporada, y pierde casi por completo su sentido aplicado a un único encuentro. Además, no distingue entre un disparo realizado con el defensor encima y otro completamente libre si el modelo no incorpora esa variable, lo que explica que distintos proveedores publiquen valores diferentes para la misma acción.

Baloncesto: la eficiencia por posesión

El indicador básico del baloncesto moderno es la puntuación producida por posesión. Su virtud es que iguala equipos de ritmos distintos; su límite, que trata como equivalentes posesiones muy diferentes. Una posesión que termina en un tiro liberado tras una circulación amplia y otra que termina en un lanzamiento forzado con la bocina cuentan igual, y la segunda es un residuo del reloj, no una decisión.

Aro de baloncesto con red de cadena y tablero blanco fotografiado desde abajo con poca profundidad de campo
La eficiencia por posesión resume una acción entera en un solo número: útil para comparar, insuficiente para explicar.

Waterpolo y fútbol sala: el problema de la definición

En los deportes con menos volumen de datos públicos, la dificultad no está en el análisis sino en la recogida. En waterpolo, decidir cuándo termina una posesión exige criterios sobre las exclusiones y las reposiciones que no son uniformes entre competiciones. En fútbol sala, el juego con portero-jugador convierte cualquier indicador de superioridad en algo que depende del momento del partido. Comparar equipos de competiciones distintas sin armonizar antes esas definiciones produce tablas que parecen rigurosas y no lo son.

Cinco señales de que un número no informa

  • Se presenta sin definición ni fuente, como si fuera un hecho de la naturaleza.
  • Procede de una muestra corta y se usa para describir una cualidad estable.
  • Compara jugadores de roles distintos con la misma vara.
  • Mezcla competiciones con criterios de recogida diferentes.
  • Se elige después de conocer el resultado, para justificar una conclusión ya escrita.

La última es la más frecuente y la más difícil de detectar, porque no requiere manipular nada: basta con seleccionar, entre docenas de indicadores disponibles, el que respalda la idea que ya se tenía. Un análisis honesto declara qué indicador va a usar antes de mirarlo, y mantiene esa elección aunque el resultado contradiga la intuición.

Cómo los usamos en esta publicación

En ChampLens los indicadores acompañan a la descripción del juego, nunca la sustituyen. Publicamos la definición del dato junto al dato, indicamos la temporada y la competición de referencia y evitamos comparaciones entre torneos cuyos criterios de recogida desconocemos. No publicamos estimaciones de probabilidad sobre encuentros por disputar ni ningún tipo de valoración numérica de opciones, porque no es información: es especulación con apariencia de cálculo.

La estadística deportiva bien empleada tiene una virtud enorme: obliga a hacer explícito lo que el ojo asume. Cuando un dato contradice una impresión, casi siempre revela que la impresión estaba construida sobre unas pocas acciones memorables. Y cuando el dato confirma la impresión, conviene revisar la definición antes de celebrarlo, porque a menudo ambos miden la misma cosa desde el mismo ángulo, y coincidir no es lo mismo que acertar.

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